La banalidad, el mal y las ideologías

Escrito por politologoynopolitico 23-09-2015 en Hannah Arendt. Comentarios (0)

Hannah Arendt plantea la incapacidad moral de pensar de aquellas personas, funcionarios burócratas que participaron en la mayor de las catástrofes humanas habidas en la historia, personas que cumplían con su función, cumplían con la ley, cuando esta se convirtió en muerte. Así describe la banalidad del mal, un concepto que muy posiblemente tenía en mente antes del juicio en Jerusalén de Eichmann en 1961 y que el mismo le llevó a confirmarlo.

Multitud de críticas y opiniones hubieron inmediatamente después de la publicación del libro de Arendt, detractores que se quedaron en la simplista interpretación de una defensa hacia los nazis por parte de Arendt y un sinfín de escritores, filósofos e incluso psicólogos que analizan la personalidad de los funcionarios nazis como una “personalidad con tendencias fascistas” o una “personalidad autoritaria”.

Personas consideradas débiles de voluntad, amantes del orden, serviciales y ciegos de las órdenes superiores. Así es como ve Hannah Arendt a Eichmann, como una expresión banal del mal. Sin embargo, no puedo estar del todo de acuerdo con lo que Arendt escribió en su momento, no puedo llegar a imaginar que la mente de una persona pueda llegar a pasar por alto las atrocidades que hace décadas se produjeron, que la intención de ser el mejor de los trabajadores del régimen nazi y de cumplir con todas las funciones encomendadas, cegaran por completo las mentes de aquellas personas que mandaron ejecuciones en masa, que fueron los principales culpables de la muerte de seis millones de judíos.

Mi postura es que lo que realmente produce la banalidad del mal, lo que somete a las personas a la oscuridad más completa no es otra cosa sino la ideología. Los ideales políticos han sido los únicos capaces de convertir, a lo largo de la historia, lo malo en bueno, lo ilegal en legal y lo inmoral en moral. Los únicos que han producido las grandes guerras de la humanidad, que han movilizado a millones de personas a matarse entre ellas y, por supuesto, los únicos capaces de convertir los asesinatos, la muerte, en ley. Así, es la fragilidad de las personas las que los hace esclavos del poder de la ideología que, en multitud de ocasiones, ha ido de la mano del mal, no teniendo este dimensión alguna.

Y es que pensar que cumplir una simple orden puede pasar por alto la injusticia, el crimen y los derechos humanos, no es posible si no se entiende que, por encima de todo eso, está la ideología. Pues son los ideales políticos los que prometen sentido en nuestras vidas, los que ofrecen la seguridad que el pueblo necesita, felicidad para nuestras familias y protección ante los adversarios. Todo ello fomenta lo que bien definió el politólogo Rafael del Águila como el “pensamiento implacable”, aquel capaz de unir los ideales y el horror.

No puedo sino acabar esta reflexión con las palabras de Arendt que relatan lo siguiente: “el mal, hasta el más inmundo, se puede cobijar en la estructura física y mental de un individuo tan banal y normal como Eichmann, dedicado a obedecer órdenes, en un mundo rígido, ordenado y cuotidiano que le daba la seguridad”. Bajo mi punto de vista, el mal es cobijado dentro de aquella ideología que promete rigidez, orden y seguridad, la misma ideología que convierte a las personas en fieles servidores de ella, hasta sus últimas consecuencias, aunque esta sea la muerte.